Platero y Nos - Lengua 1º ESO

El Empeño

En Madrid había un colegio llamado Timón. Y en la alcaldía de San Blas estaban discutiendo sobre cuál sería el rendimiento académico que tendría ese colegio. Un diputado se levantó de su silla y dijo: -Creo que será bajo, porque al colegio asisten muchos inmigrantes-. Así que, al no negarse nadie, lo cuadraron como el nivel académico del colegio.

Mientras tanto, en este colegio, los alumnos se estaban esforzando mucho en los estudios y se adaptaron muy bien al colegio. Los profesores se asombraban con qué facilidad la mayoría aprendía. Al final del curso tenían un nivel académico muy alto. Cuando los diputados vieron los resultados, ¡no creyeron lo que veían! Y hoy en día, el colegio Timón sigue formando alumnos excelentes.

Alejandro Sotillo Dolinski


Moguer y el pan

Moguer es un pueblecito costero, que sólo he conocido con la imaginación.

Según cuenta el capítulo, al mediodía todo huele a pan. A pan, bollos, y hogazas calentitas. El olor se extiende desde al lado del mar, donde viven los pescadores; hasta el interior, en el campo. Es la hora en que los panaderos recorren las calles vendiendo ese oro comestible. Se lo comen con queso, en caldo...acompañando a la comida. Todo el pueblo come pan. La gente, al oír el grito de que el pan ya estaba ahí, corre a la puerta, pensando en cómo se lo comería ese día, acompañado, solo...

Yo me imagino el pueblo, Moguer, a esa hora. Las calles al mediodía, con el sol en lo alto pegando con fuerza. Y a los panaderos con sus cajas humeantes y repletas de roscas, tortas y gran variedad de pan.

Andrés Calvo


El perro sarnoso

Venía, a veces, flaco y anhelante, a la casa del huerto. El pobre andaba siempre huido, acostumbrado a los gritos y a las pedreas. Los mismos perros le ensañaban los colmillos. Y se iba otra vez, en el sol del mediodía, lento y triste, monte abajo. Aquella tarde, llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El mísero, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo una acacia. Platero miraba el perro fijamente, erguida la cabeza. Diana, temerosa, andaba escondiéndose de uno de uno a otro. El guarda, arrepentido quizás, daba largas razones no sabía a quién, indignándose sin poder, queriendo acallar su remordimiento. Un velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado. Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban, más reciamente cada vez hacia la tormenta, en el hondo silencio aplastante que la siesta por el campo aún de oro, sobre el perro muerto

Christian Barrios


Un pastor en la ciudad

Había una vez en un pueblo un humilde pastor cansado de las rutinas del campo, soñaba con ver coches, autobuses, aviones y hasta barcos…pero ¿cómo dejar el pueblo? Tras años de trabajo consiguió un pequeño tiempo de vacaciones. Cuando fue a la ciudad se dio un gran susto al ver los coches correr sin pausa, salvo por los “benditos palos con luces” pensaba el pastor al ver parar gracias a la luz roja. Y sobretodo el ruido y la contaminación pusieron la guinda final al pastel que daba paso a volver a su “adorado” pueblo.

Laura Milea